Visión 2021: Panorama Local



Pandemia provoca inédita contracción de la actividad

Después de recuperarse parcialmente de los estragos del estallido social durante el verano del año pasado, la economía nacional sufrió el severo impacto de la pandemia. Los primeros contagios en el país se produjeron a comienzos de marzo y ya en la segunda quincena del mes el número de casos había superado la centena. En ese momento, el propio temor de la población llevó a un fuerte distanciamiento social, cuya consecuencia fue una nueva caída en la actividad, que se vio profundizada una vez que la autoridad impuso medidas de confinamiento entre abril y junio. Con ello, en el segundo trimestre, el PIB tuvo una caída de más de 15% respecto del año previo.

A partir de julio, con el descenso en los contagios y una mayor movilidad, la economía comenzó una gradual recuperación, apuntalada por medidas de estímulo del Banco Central y del Gobierno. Durante el tercer trimestre, los hogares comenzaron a recibir subsidios monetarios (Bono Covid e Ingreso Familiar de Emergencia, IFE), que al cerrar el año totalizaron cerca de US$ 3.800 millones (1,5% del PIB). Por su parte, la primera reforma constitucional para el retiro anticipado de fondos de pensiones significó una inyección de liquidez de más de US$18 mil millones (7% del PIB). Las medidas de apoyo fiscal y el retiro de fondos más que compensaron la merma en los ingresos laborales e hicieron que la renta disponible de los hogares se expandiera más de 35% durante el tercer trimestre, según datos del Banco Central. Esto, junto con la mayor movilidad, dieron un fuerte impulso al consumo. El comercio creció a tasas de dos dígitos y llegó a superar los niveles previos a la pandemia. El sector manufacturero también se vio beneficiado, aunque en menor magnitud.

El año cerró con noticias de dulce y agraz. Al igual que en otras partes, los avances en el desarrollo de las vacunas llevaron optimismo a los mercados financieros locales, lo que se sumó a la mejora de las condiciones externas de la economía, en particular, la ganancia por términos de intercambios debido al alto precio del cobre. Sin embargo, la aceleración de los contagios encendió luces de alerta e hizo retroceder el proceso de apertura que se había iniciado en la segunda mitad de año. Si bien el Imacec de noviembre mostró la primera expansión interanual desde el inicio de la pandemia en Chile -favorecido por una baja base de comparación-, el ritmo de recuperación fue claramente más lento que en meses previos. En diciembre, estimamos que el IMACEC habría registrado una variación anual de entre -1% y -2%, con lo que el PIB del año habría cerrado con una contracción en torno al 6%.

El consumo fue el componente de la demanda más castigado con la pandemia, con una caída de 20% en el segundo trimestre. Los servicios fueron severamente afectados, por cuanto ahí es donde la interacción entre personas es más relevante. El gasto en bienes durables también tuvo un fuerte ajuste ante la pérdida de empleos y la elevada incertidumbre generada por la crisis sanitaria. Con todo, el gradual proceso de apertura y la adaptación del sistema logístico a las ventas en línea, sumado a la fuerte inyección de liquidez recibida por los hogares, hicieron que el consumo tuviera una rápida recuperación el tercer trimestre. El componente durable llegó a superar con creces las cifras registradas previo a la pandemia, pero los servicios, si bien mostraron un alza, siguieron muy por debajo. En el cuarto trimestre, la recuperación del consumo se habría estancado. Las compras de bienes durables perdieron ímpetu, a medida que se fue difuminando el shock de liquidez, mientras que los otros componentes mostraron poco avance. El segundo retiro de fondos de pensiones, aprobado en diciembre, habría tenido algún impacto hacia finales de año, aunque menor que el del primer retiro. De esta manera, estimamos que el consumo privado cerró 2020 con una contracción cercana al 9%.

La formación bruta de capital también sufrió los embates de la pandemia. La incertidumbre respecto de las consecuencias económicas del virus llevó a muchas empresas a frenar sus inversiones. El componente más castigado inicialmente fue el de maquinaria y equipos -que ya venía a la baja tras el estallido social de 2019- debido a disrupciones en la oferta en los países de origen y cancelaciones de las órdenes de compra. Luego, durante el segundo trimestre, las medidas de confinamiento hicieron que muchos proyectos no pudiesen avanzar, con el consecuente impacto en la parte construcción. En el tercer trimestre, se produjo una rápida recuperación de la inversión en maquinaria, que llegó a ubicarse en niveles cercanos a los previos a la pandemia. Sin embargo, el componente construcción se mantuvo lento y recién durante el cuarto trimestre habría comenzado a subir. De esta manera, la formación bruta de capital habría tenido una contracción cercana a 13% en el año.

Muchas empresas pudieron sortear el periodo de fuerte caída en sus flujos de ingreso gracias a ajustes en sus estructuras de costo y a las importantes medidas de apoyo a la liquidez. Por el lado fiscal, contribuyó la postergación de pagos tributarios (IVA, PPM y contribuciones) y, sobre todo, el programa de garantías FOGAPE que permitió que el crédito siguiese fluyendo, a pesar del mayor riesgo. Como resultado, el nivel de apalancamiento aumentó de manera relevante. Esto podría incidir en la capacidad de endeudamiento futuro de las empresas, lo que a su vez podría afectar la inversión. Por lo mismo, será importante que las medidas de estímulo macroeconómico se mantengan por un periodo prolongado.

El sector externo se mostró resiliente a lo largo del año. En general, las actividades exportadoras no sufrieron grandes disrupciones por la pandemia y, en el caso de la minería, la agricultura y algunos sectores industriales, se beneficiaron de la rápida recuperación de los mercados asiáticos. Solo las exportaciones de servicios se vieron afectadas debido al impacto de la caída global de la demanda en el transporte marítimo, uno de los principales servicios exportados por el país. Las importaciones, en tanto, acentuaron las bajas que venían registrando desde fines de 2019, sobre todo durante el segundo trimestre. Las menores internaciones reflejaron tanto las dificultades logísticas impuestas por la pandemia como la menor demanda ante el declive del consumo, la inversión y el ajuste de los inventarios. En la segunda parte del año se evidenció una recuperación importante de las importaciones alentada por las perspectivas de una mayor demanda. Aun así, el año cerró con un saldo comercial récord, de más de US$ 12 mil millones. La cuenta corriente, en tanto, habría tenido un superávit de 1% del PIB.

Al igual que el año pasado, el desempeño económico en 2021 estará íntimamente ligado a la evolución de la pandemia. Al cierre de este informe, el número de contagios mostraba una tendencia creciente y el Gobierno paulatinamente volvía a decretar medidas de confinamiento. Así, la población bajo cuarentena total (fase 1) pasó de menos de 5% a comienzos de enero a cerca del 20% en la segunda parte del mes, mientras que la población en fase 2 alcanzó el 50%. Bajo este escenario, es probable que durante los primeros meses del año observemos una nueva caída de la economía, aunque menos intensa que la del segundo trimestre del año pasado debido a la mejor adaptación del sistema económico a un funcionamiento con distanciamiento físico.

Una vez que el proceso de vacunación permita una efectiva inmunidad de manada -lo cual requiere que entre 65% y 70% de la población haya sido inoculada, según declaraciones de expertos de la OMS- la actividad debiese iniciar una recuperación sostenida hacia niveles cercanos a los previos a la pandemia. La experiencia de la campaña de vacunación contra la influenza de marzo de 2020, con más de 3,5 millones de personas inoculadas en la primera semana, mostró la capacidad del sistema de salud para desplegarse masivamente de forma rápida. Sin embargo, los desafíos logísticos de las vacunas contra el Covid-19 pueden ser más complejos (mayores exigencias en cuanto a su conservación, número de dosis requeridas, registro de paciente, etc.). Con todo, una vez que exista un número suficiente de ellas se podrá avanzar de manera relativamente rápida en dar cobertura a la población objetivo. En un escenario favorable, esto podría ocurrir recién hacia fines del segundo trimestre. Si eso se materializa, en la segunda parte del año observaremos tasas de expansión elevadas.

La evolución del consumo estará condicionada no solo por el distanciamiento físico, sino también por la situación laboral y por la ayuda que pueda brindar el Gobierno. Dado que los sectores intensivos en trabajo -como servicios y construcción- seguirán operando a un ritmo lento, el empleo puede demorar bastante en su recuperación. De ahí que, en el escenario más probable, serán necesarias nuevos planes de apoyo a las familias. En el caso de la inversión, las medidas de confinamiento incidirán en la capacidad de materializar una serie de iniciativas. El sector externo, en tanto, seguirá favorecido por el dinamismo que han mostrado las economías asiáticas -principalmente China- y la recuperación de los países avanzados, una vez que se logre la inmunidad de manada.

Con estos elementos, en nuestro escenario más probable, estimamos que la economía tendrá una expansión de 4,5%, con un primer trimestre con cifras aún negativas. En 2022 seguiremos viendo cifras de crecimiento relativamente elevadas, entre 4,5% y 5%, favorecidas por las bajas bases de comparación.

Los riesgos de nuestro escenario están sesgados a la baja. En primer término, está la evolución de la pandemia y el proceso de inoculación. La aparición de nuevas cepas, más agresivas, podría obligar a tomar medidas de confinamiento más drásticas en la primera parte del año. A su vez, el proceso de vacunación, tanto en Chile como en el mundo, podría ser más lento, lo que retrasaría una recuperación más sostenida.

Por otro lado, está el escenario político interno, dominado por el proceso constituyente y la elección parlamentaria y presidencial a finales de año. En el caso de la elección de constituyentes, se inscribieron cerca de 70 listas a lo largo del país, con más de 2.000 candidaturas, un gran número de ellas independientes. Como resultado de lo anterior, la Convención Constituyente será altamente fragmentada, sin una fuerza política con una hegemonía clara. Por lo mismo, el proceso deliberativo será áspero y tensionado y es posible que se exacerben las posiciones más extremas. Ello introducirá cuotas de incertidumbre importantes. Sin embargo, esto más que afectar la actividad este año podría incidir en las decisiones de inversión a partir de 2022.

Mercado laboral sufre por partida doble

La contracción de la actividad, principalmente de aquellos sectores más intensivos en mano de obra, significó un fuerte deterioro del mercado laboral. Entre febrero y junio se perdieron cerca de dos millones de puestos de trabajo -principalmente asalariados-, con lo que el empleo tuvo una caída de más de 20% respecto del año previo. La contracción pudo haber sido mayor de no mediar el programa de protección, que permitió a más de 600 mil trabajadores conservar la relación laboral con sus empleadores, estando ausentes de sus trabajos.

La tasa de desempleo subió de manera significativa, pero menos de lo esperado, considerando la fuerte caída del empleo. Esto se debió a la abrupta contracción de la fuerza de trabajo, por el desaliento ante la dificultad obvia de buscar empleos en el contexto de la pandemia.

Como era de esperar, los sectores más afectados fueron aquellos cuyas actividades se vieron restringidas por las medidas sanitarias y aquellos donde la interacción física es más intensa. De los casi 2 millones de empleos perdidos a julio, 900 mil corresponden a los sectores comercio, construcción, y alojamiento y restaurantes. Otros sectores que sufrieron contracciones importantes -aunque con menor incidencia en el empleo total- fueron el servicio doméstico, transporte y las actividades artísticas y recreativas.

Hacia finales del tercer trimestre, con el inicio del proceso de recuperación de la actividad, el mercado laboral comenzó a recobrarse. Las vacantes subieron de manera sustantiva y se crearon empleos, aunque la mayoría de carácter informal. Sin embargo, este proceso ha sido lento y hacia fines de año aún había cerca de 1 millón menos de personas ocupadas que antes de la pandemia. Además, se observó un cierto estancamiento en la punta y es posible que con las nuevas medidas de confinamiento haya un retroceso en la primera parte de este año.

En este contexto, los salarios -que sufrieron una caída importante en abril- subieron durante la segunda mitad del año y en noviembre registraron una expansión interanual de casi 5%. Cabe destacar, sin embargo, que este indicador se construye en base a las nóminas de remuneraciones de las empresas, por lo que no captura el impacto de la pandemia en el sector informal ni en aquellos que trabajan por cuenta propia.

Hacia delante, la recuperación del empleo enfrentará un doble desafío. Por una parte, está la pandemia misma y su impacto en la creación de puestos de trabajo. Para contrarrestar esta situación, el Gobierno lanzó un subsidio al empleo que busca incentivar el regreso de trabajadores con contrato suspendido y que las empresas contraten nuevos trabajadores, financiando para ello parte de las remuneraciones por hasta seis meses. El programa, lanzado en septiembre, comprometía recursos por US$ 2.000 millones y buscaba crear hasta 1 millón de empleos. Sin embargo, hasta mediado de enero las postulaciones alcanzaban solo 366 mil personas. En el mediano plazo, el mayor desafío será la adaptación al acelerado proceso de transformación tecnológica y automatización, que mermará la creación de empleos en algunos sectores. Así, es posible que transitemos por un periodo donde el desempleo se mantenga relativamente elevado. En ese contexto, será clave el despegue de la inversión como vía de absorción de mano de obra.

A pesar de la aceleración reciente, la inflación se mantendrá baja

El año estuvo marcado por una fuerte volatilidad en la inflación. Al comienzo, hubo una importante aceleración en los precios debido a la depreciación cambiaria de fines de 2019. Luego, la caída en la actividad y el aumento en el desempleo hicieron que la inflación retrocediera de manera rápida. En esto también influyó que muchos precios no fueran medidos a través de encuestas y fuesen imputados por el INE. En la última parte del año, el incremento del consumo por las inyecciones de liquidez recibida por los hogares aceleró nuevamente los precios, con lo que la inflación, por segundo año consecutivo, cerró en la meta del 3,0%. La inflación subyacente, por su parte, cerró más abajo en 2,5%.

A lo largo del año, el IPC mostró cambios relevantes respecto a los patrones históricos recientes. Por el lado alcista destacaron los incrementos en alimentos, los mayores desde 2014, impulsados por un alza récord en el precio de la carne e importantes aumentos en los valores de las verduras debido a condiciones climáticas. También hubo incrementos históricos en artículos necesarios para el teletrabajo y las clases online y en otros bienes durables para el hogar, sobre todo luego del retiro de fondos de pensiones (refrigeradores 12%, automóviles nuevos 7% y televisores 21%).

Con todo, hubo precios que permanecieron sin variaciones durante varios meses, sobre todo en el caso de una serie de servicios que dejaron de ser prestados o que tuvieron una baja muy relevante en sus niveles de funcionamiento a causa de la pandemia. Dentro de estos, destaca una serie de actividades relacionadas con recreación y cultura. Hubo otros que tuvieron caídas históricas, como el caso de las tarifas de hoteles.

Hacia delante, la inflación se mantendrá relativamente acotada debido a la dinámica de la actividad económica y por la reciente apreciación de la moneda, que pondrá presión a la baja en una serie de precios. También influirá el hecho de que una serie de tarifas en servicios de alta incidencia en el IPC, como electricidad y transporte público, seguirán congeladas. Con ello, proyectamos que la inflación cerrará este año por debajo de la meta, en torno a 2,5%. En 2022, conforme la actividad se recupere a niveles previos a la pandemia, habrá mayor presión sobre los precios y la inflación se ubicará más cerca de la meta.

Inyecciones de liquidez y programa de garantías le dan sustento al crédito

Las colocaciones comerciales jugaron un importante papel contracíclico durante 2020. Con el inicio de la pandemia hubo una elevada demanda por créditos de parte de las empresas, que buscaron contar con liquidez ante la mayor incertidumbre. Posteriormente, el programa de garantías estatales Fogape resultó fundamental para sostener los préstamos una vez que se hizo evidente el fuerte aumento del riesgo. Con ello, el crédito comercial llegó a crecer más de 13% en junio, lo que permitió a las empresas mantener liquidez ante la caída en sus flujos de caja. En la segunda parte del año, junto con el proceso de recuperación, se observó un menor dinamismo en las colocaciones y su ritmo de expansión volvió a niveles previos a la crisis sanitaria.

Los créditos de consumo, por su parte, acentuaron la baja que se venía observando desde fines de 2019, tras el estallido social, y cerraron el año con un retroceso de más de 15%. El menor gasto de los hogares por la pandemia y el retiro adelantado de fondos de pensiones, en el segundo semestre, explicaron en gran medida el comportamiento de este segmento. Las colocaciones hipotecarias, en tanto, mantuvieron un ritmo de expansión relativamente estable hasta la segunda parte del año y luego se desaceleraron moderadamente.

Este año las colocaciones tendrán un ritmo de crecimiento moderado. En el caso de las comerciales, durante los primeros meses seguirá habiendo una demanda relevante para compensar los menores flujos de venta. Luego, una vez que la inversión retome su dinamismo, las empresas buscarán financiamiento para sus proyectos. El alto grado de apalancamiento de las firmas –que a septiembre de 2020 alcanzó 134% del PIB, de acuerdo al último Informe de Estabilidad Financiera del BCCh– podría ser un factor de freno. También el hecho de que, luego de un periodo prolongado funcionando por debajo de su capacidad, la posibilidad de generar ingresos se haya resentido. Considerando esto, el programa Fogape 2.0 será importante para que la liquidez siga fluyendo.

En el caso de las colocaciones de consumo, luego de más de un año de contracción, existe espacio para que puedan empezar a recuperarse, lo que dependerá de la evolución del mercado laboral y de que la regulación no introduzca factores de riesgo adicionales.

Precios financieros locales presentaron rendimientos dispares

Al igual que en la mayoría de los mercados, la bolsa local sufrió una estrepitosa caída en marzo, cuando el Covid-19 se diseminó por el mundo. El retroceso fue menos intenso que en otros mercados emergentes debido, en parte, a que los precios locales venían castigados tras el estallido social. También contribuyó la rápida reacción del Banco Central, que redujo de manera agresiva la tasa de política monetaria, y el hecho de que el país estuviese mejor preparado desde el punto de vista sanitario que otras economías emergentes.

Hacia fines de abril, con las fuertes inyecciones de liquidez por parte de los principales bancos centrales, se comenzó a observar una recuperación tanto de los mercados globales como de la bolsa local. A mediados de año, luego de la aprobación del primer retiro anticipado de fondos de pensiones, el valor de los activos volvió a retroceder, pero en la última parte del año retomó su senda ascendente apalancado del optimismo general. Con todo, el IPSA cerró el año con una caída anual en torno al 10%, un desempeño algo mejor que el de otras bolsas latinoamericanas.

El tipo de cambio inició 2020 en niveles cercanos a $750 pero, con la caída de los precios de los activos en marzo, se depreció más de 14% y llegó a ubicarse sobre $860 a comienzos de abril. Esto se dio en un contexto de fuerte deterioro en las expectativas económicas y alta incertidumbre, donde el cobre cayó más de 20% y el dólar se convirtió en refugio de valor a nivel global. A partir de mayo, aunque con fluctuaciones, el peso comenzó a ganar terreno de la mano de una fuerte recuperación del cobre y de la depreciación global del dólar. En el segundo semestre esta tendencia se acentuó por la liquidación de activos externos por parte de los fondos de pensiones –más de US$ 8.500 millones entre agosto y octubre–, las apuestas a favor del peso por parte de inversionistas extranjeros y las subastas de dólares que comenzó a realizar con mayor intensidad el Ministerio de Hacienda.

En términos reales, el tipo de cambio alcanzó en abril su valor máximo desde 2008, casi 13% por sobre su promedio histórico. En la segunda parte, junto con la apreciación nominal, el tipo de cambio real descendió, pero aun así se mantuvo por sobre sus promedios, reflejando la debilidad de la economía y ciertas primas por riesgo.

Los movimientos futuros del tipo de cambio dependerán, principalmente, de las condiciones sanitarias en Chile y el mundo, de la evolución global del dólar, del precio del cobre y de la situación política interna. Respecto de la moneda norteamericana, los fundamentos que explican su debilidad relativa seguirán presentes. Es altamente probable que la Fed siga inyectando liquidez y que el elevado déficit público vuelva a aumentar en EE.UU. de la mano de nuevos paquetes de estímulo. Por otra parte, estimamos que el precio del cobre debiese retroceder hacia valores más coherentes con su nivel de largo plazo, y promediar el año en torno a US$3,4 la libra. Si bien no esperamos disrupciones relevantes en el escenario político, la seguidilla de elecciones durante el año podría polarizar los discursos públicos, introduciendo elementos de incertidumbre en medio de la discusión constitucional. Bajo estas condiciones, estimamos que, en el escenario más probable, el tipo de cambio debiese tener una moderada depreciación y cerrar el año en torno a $760. Un escenario alternativo, con un precio del cobre que escala hasta US$ 3,8 la libra y un dólar que se vuelve a depreciar en torno a 3% a nivel internacional haría que el tipo de cambio cierre en $720. Por otra parte, si el precio del cobre se va a US$ 3 la libra y el dólar se aprecia en torno a 2%, estimamos que el tipo de cambio cerraría el año en torno a $800.

Rápida respuesta del Banco Central ayudó a contener impactos de la pandemia

A comienzos de marzo el instituto emisor advirtió los riesgos que se avecinaban y, en la reunión de política monetaria extraordinaria celebrada a mitad de mes, recortó agresivamente la Tasa de Política Monetaria (TPM) en 75pb. Luego, en la reunión ordinaria a fines de ese mes, el Consejo volvió a bajar la tasa en 50pb, para ubicarla en su mínimo técnico de 0,5%, y apuntó a que la mantendría en este nivel durante un periodo prolongado. En esa misma oportunidad, anunció una serie de medidas no convencionales para inyectar mayor liquidez al mercado y facilitar el canal de crédito.

Dentro de estas medidas destacaron la Facilidad Condicional al Incremento de las Colocaciones (FCIC) y la Línea de Crédito de Liquidez (LCL), donde los bancos pudieron acceder a financiamiento a muy bajo costo a mediano plazo. Además, se ampliaron los colaterales elegibles para las operaciones de liquidez habituales, incluyendo bonos corporativos y se implementó un programa de compra de bonos bancarios.

Estas medidas llevaron a una inédita expansión de la hoja de balance del Banco Central, cuyos activos pasaron de representar 15% del PIB a más del 25% del PIB a fines de año. Esto, por su parte, amplió considerablemente la liquidez y permitió mantener bajo el costo de financiamiento del crédito. En el caso de la línea FCIC, además, su propio diseño apuntó a la expansión de las colocaciones, con énfasis en las empresas de menor tamaño y permitió apalancar el programa de garantías FOGAPE que lanzó el Gobierno a mitad de año. La primera versión del FCIC fue ocupada en su totalidad, mientras que de la segunda se ha utilizado algo menos del 35% de los US$ 16.000 millones dispuestos por la autoridad.

En respuesta a las medidas de política monetaria, las tasas del mercado de renta fija se ajustaron rápidamente a la baja, principalmente en la primera parte del año. Con ello, las tasas largas nominales se ubicaron en sus niveles mínimos y las reales se transaron en terreno negativo. Particularmente abrupto fue el ajuste de las tasas en UF a 5 años, que llegaron a cotizarse en torno a -1,5%. En la segunda parte del año, luego de la aceleración de la inflación, las tasas nominales tendieron a subir. Con todo, cerraron, en promedio, cerca de 100 pb por debajo de su valor del año previo.

En tanto, los spreads corporativos -que ya se habían ajustado por el estallido social- volvieron a subir durante el primer trimestre del año pasado con la agudización de la pandemia, reflejando el mayor riesgo. Sin embargo, el programa de compra de bonos bancarios del Banco Central ayudó a descomprimir bastante estos premios, aun cuando cerraron por sobre niveles históricos.

Hacia delante, tal como ha reiterado el Consejo, el impulso monetario se mantendrá por un tiempo prolongado y las medidas no convencionales continuarán vigentes. Proyectamos que la TPM seguirá en 0,5% hasta por lo menos la segunda mitad de 2022 y luego, conforme la economía recupere los niveles previos a la pandemia, comenzaría un gradual proceso de normalización. Por su parte, no son descartables nuevas medidas de estímulo cuantitativo. Si avanza la iniciativa de un Fogape 2.0, el Banco Central podría activar una nueva versión de FCIC. La aprobación de la reforma constitucional que permite al ente emisor comprar bonos del fisco es otra herramienta disponible para asegurar el correcto funcionamiento de los mercados financieros. Sin embargo, vemos poco probable que el Consejo la utilice durante este año. Con ello, las tasas de largo plazo debieran mantenerse bajas, aun cuando podrían subir algo conforme se reafirme la recuperación una vez que avance el proceso de vacunación.

Durante la primera quincena de enero, el ente emisor anunció un programa de acumulación de reservas internacionales por US$ 12.000 millones en un plazo de 15 meses, con compras por US$ 40 millones diarios. Esta iniciativa pretende aumentar el nivel de reservas a 18% del PIB desde 13,4% en septiembre de 2020. Así, esta nueva compra de dólares es de carácter precautorio dado el escenario de mayor riesgo que enfrenta la economía local tras el estallido social y la pandemia.

Inédito impulso fiscal de 2020 se mantendrá este año

Durante los primeros meses de la pandemia, el gobierno se concentró en apuntalar la liquidez de empresas y hogares a través de medidas de alivio tributario. Dentro de ellas, destacaron la suspensión de los Pagos Provisionales Mensuales (PPM), y la postergación del pago del IVA y de los impuestos territoriales entre abril y septiembre. Luego, hacia fines de mayo, se comenzó a entregar el Ingreso Familiar de Emergencia —que al cierre de 2020 acumulaba pagos por casi US$ 3.600 millones— y entre agosto y septiembre se materializó el bono a la clase media, con US$ 1.000 millones adicionales. Estas transferencias se reflejaron en un fuerte aumento del gasto corriente, que estimamos tuvo una expansión de más de 12% en el año.

La inversión pública, por su parte, tuvo una ejecución lenta, afectada por las dificultades en la materialización de proyectos. Por ello, el gasto en capital tuvo una contracción de más de 10%, según nuestras estimaciones. Con todo, el gasto total habría cerrado con una expansión cercana a 11%, la mayor desde la crisis financiera en 2009.

Por otra parte, los ingresos se vieron mermados por las postergaciones tributarias y por la contracción de la demanda agregada. En la segunda parte del año, los mayores precios del cobre y la recuperación parcial del consumo permitieron contener las caídas en la recaudación. Aun así, estimamos que los ingresos cerraron con una contracción de 10%. De esta manera, el déficit fiscal habría cerrado en algo más de 7,5% de PIB, su mayor registro en más de 40 años. La deuda bruta, en tanto, habría terminado en cerca de 32% del PIB.

Si bien el déficit generado por las medidas de emergencia es el mayor de la historia reciente, no es especialmente alto al compararlo con lo ocurrido en economías avanzadas y otras latinoamericanas. En la misma línea, el aumento de la deuda bruta en Chile habría sido de los más bajos a nivel global, con lo que este indicador sigue siendo favorable en términos relativos.

El Presupuesto aprobado para 2021 -basado en el “Acuerdo C0VID por la Protección, la Reactivación y la Responsabilidad Fiscal”-  considera la mantención del gasto en un nivel elevado, dando un importante énfasis al componente de capital. Por su parte, los ingresos debiesen tener un repunte significativo por la reversión de las medidas tributarias, el mayor crecimiento y un precio del cobre sustantivamente más elevado. De acuerdo con nuestras proyecciones, el precio del metal promediará cerca de US$3,4 la libra, bastante por sobre el US$2,9 contemplado en el presupuesto. Esto supondría una recaudación adicional más de US$ 1.600 millones a la contemplada en el presupuesto (ver Recuadro 3: “Precio del cobre y recaudación fiscal”). De esta manera, el déficit fiscal de este año se ubicará entre 3,5% y 4% de PIB, por debajo del 4,3% proyectado por la Dipres. Con todo, la deuda bruta seguirá escalando y sobrepasará el 35% de PIB al cierre del año.

En adelante, el principal desafío para la política fiscal será gestionar el gasto de mediano plazo, una vez que el impacto económico de la pandemia comience a disminuir. El acuerdo alcanzado entre Gobierno y Oposición para disponer de recursos excepcionales para enfrentar la crisis (hasta US$ 12.000 millones) considera que parte importante del impulso fiscal es transitorio, por lo que a partir de 2022 podríamos ver una caída en el nivel de gasto. El espacio con el que contaba el fisco ha permitido dar una respuesta robusta a la crisis, sin presionar las primas por riesgo soberano. Por lo mismo, el desafío de largo plazo es recuperar espacio de maniobra para enfrentar futuras contingencias.